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domingo, enero 29
Morfeo
A veces, cuando es tarde por la noche y estoy a punto de quedarme dormida, me permito el lujo de pensar un poco en ti. Ya has quedado encerrado en el fondo de mi cerebro, pero cuando tengo sueño y todo se emborrona, me gusta imaginarte. Pienso en ti y no me siento demasiado culpable, aunque tal vez debería. Veo películas e intercambio papeles contigo, escucho canciones y se convierten en una banda sonora. Escribo y siempre quieres aparecer, asomándote por las esquinas del papel. La mayoría de las veces, mi imaginación te continúa en mis sueños. Si me preguntasen quién eres, no sabría muy bien qué responder. Parece que ahora adoptas múltiples formas, desde un agarre que no deja respirar hasta un comentario de medio lado en medio de una muchedumbre. Una presencia invisible, en segundo plano -miro de reojo, finjo no ver- pero siempre ahí.
(Ahora mismo, tengo sueño.)
jueves, enero 5
enrriba tres camellos y fartucos de ñeve...
Es la víspera de Reyes y tiene dos años. Apenas ha aprendido a caminar y aún le tiene miedo a la arena de la playa, pero cuando sus padres la llevan a la cabalgata y la cogen en brazos, aunque no entienda qué está pasando, queda hipnotizada por las carrozas que pasan en frente suyo, por la explosión de colores y de música y de niños con caras felices. Años más tarde reirá, gritará un poquito y acosará a su padre a preguntas, "¿ese de ahí es mi regalo?", "¿mi carta está ahí dentro?", "¿con esa escalera van a subir a casa?", "¿por qué nunca me lanzan a mí los caramelos?".
Tiene cinco años, son las once de la mañana y, a pesar del frío y de que está empezando a llover, está en el puerto mientras tres hombres con barba desembarcan. Le encantaría que Baltasar mirase en su dirección, pero es demasiado tímida como para gritar o hacerse notar, así que sólo le sonríe sentada sobre los hombros de su padre.
Tiene siete años y es de noche, y tiene que ir al baño pero no se atreve porque teme encontrarse en el pasillo a los Reyes Magos y que ellos se enfaden porque no está en la cama. Cuando finalmente se atreve, el perchero del pasillo le da uno de los mayores sustos de su vida. Pero sobre la mesa del salón sólo quedan tazas vacías y la media galleta que Baltasar -ella sabe que es él- siempre se deja. Y bajo el árbol... paquetes brillantes. Se tumba en el suelo del pasillo y se dedica a mirarlos, contando cuántos hay, viendo la forma, el envoltorio, intentando imaginarse qué pueden tener dentro, hasta que está tan cansada que casi se queda dormida allí mismo.
Tiene ocho años y está en casa de sus abuelos. Abre sus regalos allí, y son pocos, pero aunque aún no sepa que es porque no pueden permitírselo, hay algo en su abuela, y en el paquete de huevos kinder, que hace que no le importe. Su madre se queja porque siempre comen cocido, su padre le responde que con su familia siempre comen cordero, y mientras tanto ella pide un segundo plato de sopa.
Tiene nueve años y ya es demasiado mayor para ver la cabalgata, así que su padre y ella están en el cine y tienen toda la sala para ellos solos, y no se siente como una traidora a Sus Majestades porque precisamente la película que están viendo trata sobre ellos.
Tiene once años. En el pasillo hay gritos, un portazo, y ella llora sobre el plato de espaguetis semicongelados.
Tiene quince años. Está cubierta de espuma y confeti, pero no le importa porque por primera vez ha visto la cabalgata con sus amigos, y ha sentido toda la magia volver.
Tiene dieciséis años, y daría lo que fuera por regresar a cualquiera de esos años.
Tiene cinco años, son las once de la mañana y, a pesar del frío y de que está empezando a llover, está en el puerto mientras tres hombres con barba desembarcan. Le encantaría que Baltasar mirase en su dirección, pero es demasiado tímida como para gritar o hacerse notar, así que sólo le sonríe sentada sobre los hombros de su padre.
Tiene siete años y es de noche, y tiene que ir al baño pero no se atreve porque teme encontrarse en el pasillo a los Reyes Magos y que ellos se enfaden porque no está en la cama. Cuando finalmente se atreve, el perchero del pasillo le da uno de los mayores sustos de su vida. Pero sobre la mesa del salón sólo quedan tazas vacías y la media galleta que Baltasar -ella sabe que es él- siempre se deja. Y bajo el árbol... paquetes brillantes. Se tumba en el suelo del pasillo y se dedica a mirarlos, contando cuántos hay, viendo la forma, el envoltorio, intentando imaginarse qué pueden tener dentro, hasta que está tan cansada que casi se queda dormida allí mismo.
Tiene ocho años y está en casa de sus abuelos. Abre sus regalos allí, y son pocos, pero aunque aún no sepa que es porque no pueden permitírselo, hay algo en su abuela, y en el paquete de huevos kinder, que hace que no le importe. Su madre se queja porque siempre comen cocido, su padre le responde que con su familia siempre comen cordero, y mientras tanto ella pide un segundo plato de sopa.
Tiene nueve años y ya es demasiado mayor para ver la cabalgata, así que su padre y ella están en el cine y tienen toda la sala para ellos solos, y no se siente como una traidora a Sus Majestades porque precisamente la película que están viendo trata sobre ellos.
Tiene once años. En el pasillo hay gritos, un portazo, y ella llora sobre el plato de espaguetis semicongelados.
Tiene quince años. Está cubierta de espuma y confeti, pero no le importa porque por primera vez ha visto la cabalgata con sus amigos, y ha sentido toda la magia volver.
Tiene dieciséis años, y daría lo que fuera por regresar a cualquiera de esos años.
domingo, enero 1
Año nuevo, vida vieja.
Siempre empiezo el año con cierto aire de optimismo, me prometo que todo va a cambiar a mejor, que voy a cumplir lo que me propongo y que la vida ¡por fin! me va a sorprender con cosas buenas. Y repito tanto el mismo lema, voy a dejarme llevar, que he acabado harta de él.
Es cierto, este año 2011 no fue precisamente uno de los mejores. La familia volvió a aumentar pero a cambio de casi llevarse a otra persona, más de una vez. En cierta forma sí que se la llevó. Estar en casa se hizo imposible, pero salir también. Me pasé los tres primeros meses del año dentro de una nube de tormenta, borrando la sonrisa en cuanto me quedaba a solas y echándome a llorar en mitad de Alimerkas o autobuses. Mis intentos de reconciliación fueron ignorados o rechazados. Tuve que hacer malabares para mantener unida a gente que si se separaba, se separaba de mí también. Varias personas me hicieron mucho, mucho daño. Y además, fui lo suficientemente hábil como para conseguir romperme un dedo contra un sofá.
Pero aunque en conjunto no tuvo muy buen aspecto, paradójicamente también fue uno de los que más momentos buenos me dieron. Como un montón de puntitos de colores llenando una mancha gris. Algunos más grandes, otros más sencillos y casi desapercibidos, pero ahí. Celebrar el feliz 1999 con lacasitos y un chat indecente, inundarse de espuma esperando a los Reyes Magos, descubrir que el cielo y el mar a veces no necesitan filtros, encontrarle el elemento absurdo hasta a los hongos y helechos aunque a veces fuese jugando a las películas, matar a zombies mientras se hace una tarta, disfrazarse de lo que realmente se es, excursiones nocturnas a un cementerio, estar despiertos hasta las seis escuchando a un plasta hacer preguntas guarras en asturiano, descubrir la vida ideal pero en un idioma incomprensible y que los Starbucks son para echar la siesta o jugar a las cartas, reflexionar sobre cómo fluye la vida por el agujero, puestas de sol y noches en la playa del Mar Menor, caerse por las escaleras del piso doce o avanzar a tientas por el pasillo del hotel a las cinco de la mañana sin lentillas, una fiesta sorpresa, ponerse vestido y bailar aunque no hubiese música, estar durante unos segundos a punto de conseguirlo, bailar otra vez, bailar aunque no se pueda considerar eso, haciendo el ridículo delante de cien personas pero concentrándose en lo que se tenía a quince centímetros, un (y después cuatro) monólogo, un concierto vergonzoso pero lleno de sonrisas, otro tan increíble que parece un sueño, reencontrarse con una niña alemana muy tonta, bañarse en el mar justo en el momento en que el sol lo vuelve todo dorado, ver el final de tu infancia en pantalla grande con la persona que lo compartió todo contigo, casarse en pleno puerto con velo de novia y todo, cenar en mitad de un parque, adaptar la receta de un brownie y dibujar en fruta, saber quién está ahí cuando hace falta, aunque sea para preparar arroz blanco, perseguir a un perro al son de Sinatra, otras dos noches de insomnio en compañía, batallas de globos de agua y dibujos a tiza, fotos en una carretera y cinco cambios de ropa, escuchar conversaciones que parecen imposibles y comentarios no destinados a ser oídos, preparar sándwiches de queso para diez y ver Águila Roja hasta las cuatro de la mañana con el cielo literalmente en la punta de los dedos, perder media Asia, cuatro chicas gritando a la vez al salir Mark Darcy en pantalla, gorros de Navidad e historias de fantasmas. Por citar unos pocos. Porque fueron innumerables tardes de películas amontonados en dos sofás, debates en clase, paseos, risas, cafeterías, cartas, fotos, bailes, chistes. Seis. Cuatro. Trece. Nueva gente, nuevas experiencias y oportunidades, y nuevos deseos, ya fuesen buenos o malos, cumplidos o no cumplidos, aprovechados o no aprovechados. Y sobre todo, nuevas enseñanzas. La mayoría de esos momentos me enseñaron quién merece la pena y quién no, aunque realmente no haga mucho caso a esas enseñanzas... También me he llegado a conocer a mí misma mucho mejor, he aprendido a estar sola y a ser feliz así, a desarrollar mis propios gustos e inventar un mundo paralelo en el que refugiarme. Así que este nuevo año, que ha empezado como cualquier otro día demostrándome que nada parece ir a cambiar... mis objetivos están enfocados en esa dirección: yo. Escribir, leer, pintar o dibujar, tocar, viajar, aprender. Y hacer un hueco para compartir.
Es cierto, este año 2011 no fue precisamente uno de los mejores. La familia volvió a aumentar pero a cambio de casi llevarse a otra persona, más de una vez. En cierta forma sí que se la llevó. Estar en casa se hizo imposible, pero salir también. Me pasé los tres primeros meses del año dentro de una nube de tormenta, borrando la sonrisa en cuanto me quedaba a solas y echándome a llorar en mitad de Alimerkas o autobuses. Mis intentos de reconciliación fueron ignorados o rechazados. Tuve que hacer malabares para mantener unida a gente que si se separaba, se separaba de mí también. Varias personas me hicieron mucho, mucho daño. Y además, fui lo suficientemente hábil como para conseguir romperme un dedo contra un sofá.
Pero aunque en conjunto no tuvo muy buen aspecto, paradójicamente también fue uno de los que más momentos buenos me dieron. Como un montón de puntitos de colores llenando una mancha gris. Algunos más grandes, otros más sencillos y casi desapercibidos, pero ahí. Celebrar el feliz 1999 con lacasitos y un chat indecente, inundarse de espuma esperando a los Reyes Magos, descubrir que el cielo y el mar a veces no necesitan filtros, encontrarle el elemento absurdo hasta a los hongos y helechos aunque a veces fuese jugando a las películas, matar a zombies mientras se hace una tarta, disfrazarse de lo que realmente se es, excursiones nocturnas a un cementerio, estar despiertos hasta las seis escuchando a un plasta hacer preguntas guarras en asturiano, descubrir la vida ideal pero en un idioma incomprensible y que los Starbucks son para echar la siesta o jugar a las cartas, reflexionar sobre cómo fluye la vida por el agujero, puestas de sol y noches en la playa del Mar Menor, caerse por las escaleras del piso doce o avanzar a tientas por el pasillo del hotel a las cinco de la mañana sin lentillas, una fiesta sorpresa, ponerse vestido y bailar aunque no hubiese música, estar durante unos segundos a punto de conseguirlo, bailar otra vez, bailar aunque no se pueda considerar eso, haciendo el ridículo delante de cien personas pero concentrándose en lo que se tenía a quince centímetros, un (y después cuatro) monólogo, un concierto vergonzoso pero lleno de sonrisas, otro tan increíble que parece un sueño, reencontrarse con una niña alemana muy tonta, bañarse en el mar justo en el momento en que el sol lo vuelve todo dorado, ver el final de tu infancia en pantalla grande con la persona que lo compartió todo contigo, casarse en pleno puerto con velo de novia y todo, cenar en mitad de un parque, adaptar la receta de un brownie y dibujar en fruta, saber quién está ahí cuando hace falta, aunque sea para preparar arroz blanco, perseguir a un perro al son de Sinatra, otras dos noches de insomnio en compañía, batallas de globos de agua y dibujos a tiza, fotos en una carretera y cinco cambios de ropa, escuchar conversaciones que parecen imposibles y comentarios no destinados a ser oídos, preparar sándwiches de queso para diez y ver Águila Roja hasta las cuatro de la mañana con el cielo literalmente en la punta de los dedos, perder media Asia, cuatro chicas gritando a la vez al salir Mark Darcy en pantalla, gorros de Navidad e historias de fantasmas. Por citar unos pocos. Porque fueron innumerables tardes de películas amontonados en dos sofás, debates en clase, paseos, risas, cafeterías, cartas, fotos, bailes, chistes. Seis. Cuatro. Trece. Nueva gente, nuevas experiencias y oportunidades, y nuevos deseos, ya fuesen buenos o malos, cumplidos o no cumplidos, aprovechados o no aprovechados. Y sobre todo, nuevas enseñanzas. La mayoría de esos momentos me enseñaron quién merece la pena y quién no, aunque realmente no haga mucho caso a esas enseñanzas... También me he llegado a conocer a mí misma mucho mejor, he aprendido a estar sola y a ser feliz así, a desarrollar mis propios gustos e inventar un mundo paralelo en el que refugiarme. Así que este nuevo año, que ha empezado como cualquier otro día demostrándome que nada parece ir a cambiar... mis objetivos están enfocados en esa dirección: yo. Escribir, leer, pintar o dibujar, tocar, viajar, aprender. Y hacer un hueco para compartir.
Feliz año 2012.
sábado, octubre 8
sábados en solitario
¿Alguna vez habéis paseado solos de noche por la playa, cuando está prácticamente vacía y parece eterna y sólo se oye el ruido de las olas con alguna voz lejana de tarde en tarde, cuando las luces de la ciudad se extienden como un collar de perlas pero lo suficientemente lejos como para estar en penumbra, y todo lo que se ve es el mar negro a un lado y el cielo negro arriba y la espuma de las olas, nubes, estrellas y sus reflejos en blanco? ¿Habéis estado en completo silencio, porque por una vez no hacía falta música, ni pensar en voz alta, ni realmente pensar? ¿Habéis llegado a casa con los calcetines mojados por haber atravesado todos los charcos que se forman cerca de la orilla? ¿Habéis jugado a huir del agua, a seguir rastros de pisadas con una cucharilla en los labios a modo de pipa de detective? ¿Tenéis un jersey con las mangas demasiado largas, de las que sólo os asoman las yemas de los dedos y podéis envolveros en ellas? ¿Habéis grabado el sonido del mar porque es el más relajante que conocéis? ¿Conocéis la sensación de tener un poco de frío pero una taza caliente en la mano? ¿Habéis tenido un encuentro inesperado de los que provocan mariposas en el estómago? ¿Os habéis sentido solos en el mundo y felices, y sonreído como idiotas sin ningún motivo? ¿Y sabéis lo que cuesta volver al mundo real después de todo eso? (Yo sí.)
martes, septiembre 13
tardes perfectas

Llueve. Esa clase de lluvia, ligera pero insistente, que a mucha gente no le gusta pero a mí me encanta. El paraguas colgado de la mano, sin abrir, aunque las oleadas de agua me vayan empapando poco a poco. Es una tarde gris ya de otoño, así que el jersey también gris y los zapatos parecen apropiados. Pero el pantalón de Obélix dice adiós a ese verano que pasó lento aunque demasiado rápido. Pasear sola por el centro, observando las fachadas de los edificios antiguos (porque, como me enseñó Tom Hansen, si miras hacia arriba verás la belleza que le falta a la calle). Acercarse a ver el mar y casi salir volando en el intento. En la librería suena Frank Sinatra, y sigue suplicando fly me to the moon durante todo el camino, una y otra vez, let me play among the stars, La Voz arropándome como una bufanda que de otra manera sería excesiva. El olor de los libros nuevos en su bolsa, y una agenda melliza de mi cuaderno de sueños. Y caramelos de bombón, de esos de los de antes, que se pegan al paladar y tardan horas en derretirse por completo. Diez personas apretujadas en torno a una mesa diminuta, una taza de té peleándose con una de chocolate. Planes de futuro, futura nostalgia por el presente. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna discusión. Conversaciones en las escaleras de un portal en penumbra. En resumen, una tarde perfecta.
jueves, junio 30
domingo, febrero 13
"Ahora voy a ir a por ti".
El domingo es el día de los recuerdos. Por eso me gusta que llueva, las melodías sin letra y que no me den mucha conversación. Incluso la fiebre ayuda, así mis pensamientos se van a otro mundo y puedo seleccionar y recortar recuerdos, para centrarme sólo en el ritmo, las luces y el calor.
The music, the light and the laughter,
the answer to what you are after.
The music, the light and the laughter,
the answer to what you are after.
sábado, enero 29
"¿Cantas bien?".
Los veinte minutos pasan como un suspiro mientras intenta absorber cada detalle de la habitación con la mirada. La manta de cuadros a los pies de la cama, el peluche de rayas. Una televisión diminuta con todos los canales borrosos y una respetable colección de juegos. Estanterías cubriendo la mayor parte de las paredes, llenas de esas fotografías que no se cansaría nunca de ver. La sospechosa papelera, tan pequeña que no tiene excusa para dejarse el paraguas dentro. Libros, muchos libros, tantos que no le da tiempo a echarle un vistazo a todas las portadas. Notas pegadas en la mesa y el ordenador con la enorme lista de reproducción abierta. Se siente como una extraña allí, sentada en silencio al borde de la cama, entre testimonios de una vida que no conoce ni de lejos tanto como le gustaría. Suena el jazz y el rock y suenan las risas, golpes en el videojuego e intercambio de canciones. Comentan que el ambiente está sobrecargado, pero ella, aunque no diga nada, lo está disfrutando. Invitaciones informales y miradas nerviosas, conversaciones en las que se involucra más de lo que parece, una débil excusa y, casi, una oportunidad para quedarse. Pero la deja pasar. Ser acompañada hasta la puerta y, sin más, sin ni siquiera una mirada de despedida, ya está fuera. Vuelta a la realidad, a la noción de que todo eso no ha significado nada. Y cuando regresa a la calle, no puede evitar preguntarse si allí habrá quedado algún rastro de su olor. La lluvia no logra borrar el suyo.
sábado, octubre 16
Colores de otros tiempos.
Tiene un jersey rojo, y le gusta ponérselo los días de invierno, porque cree que le dará calor. Especialmente esos días de cielo gris y caras negras, cuando todo lo que pides es un poco de luz. Es un rojo apagado, como el fuego cuando lleva mucho tiempo encendido y es casi brasas. Le gusta más así: en lugar de quemar, le da tranquilidad. Le recuerda a un gato ronroneando, lo que querría ser ella.
Pero sobre todo le gusta porque le trae el recuerdo de un día, cuando la lluvia sustituyó a la nieve; piensa en historias, en vasos de plástico y en un piano momentáneamente en silencio. En un pañuelo de colores, en botas marrones.Y en una camiseta verde.
No era un verde muy bonito; era demasiado brillante, casi hacía daño. En realidad, era el tipo de verde que no pega para nada con un rojo apagado. Pero eso no importaba. Porque después salieron juntos a la noche, y cuando las gotas de lluvia moteaban su nariz, y en la calle silenciosa sólo estaban ellos, sus cuentos de pesca y su risa tímida, todos los colores se fusionaron en uno. Y de pronto, todo lo que importaba era el azul.
Pero sobre todo le gusta porque le trae el recuerdo de un día, cuando la lluvia sustituyó a la nieve; piensa en historias, en vasos de plástico y en un piano momentáneamente en silencio. En un pañuelo de colores, en botas marrones.Y en una camiseta verde.
No era un verde muy bonito; era demasiado brillante, casi hacía daño. En realidad, era el tipo de verde que no pega para nada con un rojo apagado. Pero eso no importaba. Porque después salieron juntos a la noche, y cuando las gotas de lluvia moteaban su nariz, y en la calle silenciosa sólo estaban ellos, sus cuentos de pesca y su risa tímida, todos los colores se fusionaron en uno. Y de pronto, todo lo que importaba era el azul.
lunes, octubre 11
Escenas de una farsa.
Que él era quien la hacía sonreír con más ganas, podría notarse. También que sus palabras eran las que más le dolían, a pesar de que la mayor parte del tiempo parecía indiferente. Una vez casi no pudo contener las lágrimas y el orgullo le dijo que se fuese a casa, o sería él quien desaparecería. Lo apartó en silencio. Pero había una serie de detalles que nadie más percibía. Como el que le buscase con la mirada, o más bien de reojo. Cuando él pasaba a su lado contenía la respiración un segundo, pero inmediatamente después aspiraba con fuerza, como... un drogadicto, que se reencuentra con el aroma que tantos problemas le ha causado pero tanto ha echado de menos. Me la imagino con la misma expresión que House al abrir el bote de vicodina. Sólo que en este caso no creo que aparezca Cuddy para detenerle con un beso.
Y también está ese breve instante, en el que sus manos permanecieron unidas más de la cuenta. Pero seguro que eso, nadie lo vio.
It started out as a feeling, which then grew into a hope. Which then turned into a quiet thought, which then turned into a quiet word. And then that word grew louder and louder...
Now we're back to the beginning: it's just a feeling and no one knows yet. But just because they can't feel it too, doesn't mean that you have to forget. Let your memories grow stronger and stronger till they're before your eyes.
Y también está ese breve instante, en el que sus manos permanecieron unidas más de la cuenta. Pero seguro que eso, nadie lo vio.
It started out as a feeling, which then grew into a hope. Which then turned into a quiet thought, which then turned into a quiet word. And then that word grew louder and louder...
Now we're back to the beginning: it's just a feeling and no one knows yet. But just because they can't feel it too, doesn't mean that you have to forget. Let your memories grow stronger and stronger till they're before your eyes.
domingo, abril 25
lunes, abril 19
¡Tenía que decirlo!
"Respira fuerte. Y es eso lo que me distrae, lo que acapara mi atención durante toda la hora. Que hace ruido al respirar y tiene la mano justo entre las dos mesas. Se aclara la garganta para contestar al profesor, mira por mis apuntes y yo le miro a él de reojo. Se revuelve el pelo. A veces hace aspavientos. Y sonríe."
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