domingo, enero 1

Año nuevo, vida vieja.

Siempre empiezo el año con cierto aire de optimismo, me prometo que todo va a cambiar a mejor, que voy a cumplir lo que me propongo y que la vida ¡por fin! me va a sorprender con cosas buenas. Y repito tanto el mismo lema, voy a dejarme llevar, que he acabado harta de él.
Es cierto, este año 2011 no fue precisamente uno de los mejores. La familia volvió a aumentar pero a cambio de casi llevarse a otra persona, más de una vez. En cierta forma sí que se la llevó. Estar en casa se hizo imposible, pero salir también. Me pasé los tres primeros meses del año dentro de una nube de tormenta, borrando la sonrisa en cuanto me quedaba a solas y echándome a llorar en mitad de Alimerkas o autobuses. Mis intentos de reconciliación fueron ignorados o rechazados. Tuve que hacer malabares para mantener unida a gente que si se separaba, se separaba de mí también. Varias personas me hicieron mucho, mucho daño. Y además, fui lo suficientemente hábil como para conseguir romperme un dedo contra un sofá.
Pero aunque en conjunto no tuvo muy buen aspecto, paradójicamente también fue uno de los que más momentos buenos me dieron. Como un montón de puntitos de colores llenando una mancha gris. Algunos más grandes, otros más sencillos y casi desapercibidos, pero ahí. Celebrar el feliz 1999 con lacasitos y un chat indecente, inundarse de espuma esperando a los Reyes Magos, descubrir que el cielo y el mar a veces no necesitan filtros, encontrarle el elemento absurdo hasta a los hongos y helechos aunque a veces fuese jugando a las películas, matar a zombies mientras se hace una tarta, disfrazarse de lo que realmente se es, excursiones nocturnas a un cementerio, estar despiertos hasta las seis escuchando a un plasta hacer preguntas guarras en asturiano, descubrir la vida ideal pero en un idioma incomprensible y que los Starbucks son para echar la siesta o jugar a las cartas, reflexionar sobre cómo fluye la vida por el agujero, puestas de sol y noches en la playa del Mar Menor, caerse por las escaleras del piso doce o avanzar a tientas por el pasillo del hotel a las cinco de la mañana sin lentillas, una fiesta sorpresa, ponerse vestido y bailar aunque no hubiese música, estar durante unos segundos a punto de conseguirlo, bailar otra vez, bailar aunque no se pueda considerar eso, haciendo el ridículo delante de cien personas pero concentrándose en lo que se tenía a quince centímetros, un (y después cuatro) monólogo, un concierto vergonzoso pero lleno de sonrisas, otro tan increíble que parece un sueño, reencontrarse con una niña alemana muy tonta, bañarse en el mar justo en el momento en que el sol lo vuelve todo dorado, ver el final de tu infancia en pantalla grande con la persona que lo compartió todo contigo, casarse en pleno puerto con velo de novia y todo, cenar en mitad de un parque, adaptar la receta de un brownie y dibujar en fruta, saber quién está ahí cuando hace falta, aunque sea para preparar arroz blanco, perseguir a un perro al son de Sinatra, otras dos noches de insomnio en compañía, batallas de globos de agua y dibujos a tiza, fotos en una carretera y cinco cambios de ropa, escuchar conversaciones que parecen imposibles y comentarios no destinados a ser oídos, preparar sándwiches de queso para diez y ver Águila Roja hasta las cuatro de la mañana con el cielo literalmente en la punta de los dedos, perder media Asia, cuatro chicas gritando a la vez al salir Mark Darcy en pantalla, gorros de Navidad e historias de fantasmas. Por citar unos pocos. Porque fueron  innumerables tardes de películas amontonados en dos sofás, debates en clase, paseos, risas, cafeterías, cartas, fotos, bailes, chistes.  Seis. Cuatro. Trece. Nueva gente, nuevas experiencias y oportunidades, y nuevos deseos, ya fuesen buenos o malos, cumplidos o no cumplidos, aprovechados o no aprovechados. Y sobre todo, nuevas enseñanzas. La mayoría de esos momentos me enseñaron quién merece la pena y quién no, aunque realmente no haga mucho caso a esas enseñanzas... También me he llegado a conocer a mí misma mucho mejor, he aprendido a estar sola y a ser feliz así, a desarrollar mis propios gustos e inventar un mundo paralelo en el que refugiarme. Así que este nuevo año, que ha empezado como cualquier otro día demostrándome que nada parece ir a cambiar... mis objetivos están enfocados en esa dirección: yo. Escribir, leer, pintar o dibujar, tocar, viajar, aprender. Y hacer un hueco para compartir.








Feliz año 2012.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho el tuyo también, excepto la primera parte claro...al final lo mejor es quedarse solo con los buenos momentos Helen, de nada sirve acordarse de los malos si no es más que para aprender. Al contrario que tú, yo no entiendo de la mitad de las cosas, y me he dado cuenta que este año no hemos estado nada juntas :( Eso tiene que arreglarse eh! Te quierooo y esperemos que este año sea mejor que el anterior

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