jueves, diciembre 22

Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron? 

sábado, diciembre 17

me perdí en un cruce de palabras


Uno. Sabe que la decepción puede venir de muchas formas. Un dedo que aterriza un solo centímetro más a la derecha de lo que debería, rompiendo la armonía entre piano y voz. Un comentario hecho sin pensar, un tono más estridente de lo que se querría que cambia la forma que otro tiene de verla. Un texto escrito de forma demasiado esquemática, o un tiempo precioso perdido en reflexionar. Una sola palabra fuera de lugar que desencadena el torrente de ira destinada a otra persona. La mayoría de las veces ni siquiera dura más de unos segundos. El público se queda en silencio brevemente, pero el pianista sonríe y rectifica, y todo queda olvidado. Menos para ella. Conoce perfectamente el daño de cada diminuta espina de culpa clavada en su mente. Culpa de no haber estado a la altura de las expectativas. Culpa de defraudar a alguien. Culpa de engañarse a sí misma. Por los detalles a los que da demasiada importancia. Por unas fechas demasiado separadas en una lista. Por el maldito plural de cortesía, que, después de tantos años, le hace automatizar y asimilar una culpa que ni siquiera es suya. Por una colleja sin mala intención. Por ser tan ridículamente sensible ante el dolor que sólo ese gesto puede producirle. Por el dolor de estómago. Por tener tan poca voluntad ante eso. Por una vacilación de la mano, cosa de una semicorchea, que posiblemente nadie note. Pero ¿y si lo notan? Con que una sola persona se dé cuenta, será suficiente. No aguanta las miradas recriminatorias, o de lástima, o esas pensativas, que duran una fracción de segundo pero dejan traslucir mucho más, es curioso, no me esperaba tan poco de ti. Incluso se siente culpable por disfrutar tanto de un libro que eligió hace ya tanto tiempo, sólo por su título. No hay ningún motivo, está en su derecho. Al fin y al cabo, en cierta forma ese también es su color, ¿no? Y es el color que inunda toda la historia, y con eso casi consigue olvidarlo. Pero entonces, una frase, una única aclaración entre comas, le hace recordar todo. Y el sentimiento vuelve.

Dos. Está entrenada en reconocer los signos de tensión -los pequeños gestos que delatan enfado, mover objetos con demasiada fuerza, expresiones del rostro, tonos de voz- y en aislarse en cuanto éstos llegan. Escapar a otro mundo en el que las cosas son mejores. O no. La idea es huir del conflicto presente. Está tan acostumbrada a este ritual que ya es algo automático. Cualquier cosa sirve para distraerse –el reflejo del sol en una ventana, el sonido de la lluvia, una textura a la que antes no se prestaba atención. Como dice Freddie Mercury, I’m the great pretender, adrift in a world of my own.  Un mundo que suele ser en blanco y negro, como las películas antiguas, con la voz de uno de esos cantantes de los de antes, Sinatra o Martin.
 Y así se separa de los pequeños dramas cotidianos que realmente no le interesan, pasa conversaciones enteras sin escuchar más que un par de frases, días actuando por reflejo sin prestar atención más que a algunos detalles. Pero son precisamente esos detalles los que determinan sus días. Una sonrisa, una mirada, un momento de cercanía, un final alternativo para una canción. O una respuesta más breve y seca de lo que se esperaba. O nada en absoluto.
 
Tres. Dicen que la tercera persona es un signo de engaño. Cuando alguien miente, la utiliza para desligarse del sujeto. No siento nada por ese chico. Uno no hace esas cosas. Al escribir, como bien dice ese libro -que está llegando a lugares de su mente a la que le preocupa que una autora desconocida pueda acceder-, aporta una perspectiva externa, es una licencia poética que le añade el ingrediente de fantasía. Escribiendo en tercera persona, puedes convertirte en alguien completamente diferente sólo describiendo tus propios pensamientos o vivencias. Por supuesto, con la ayuda de todas estas metáforas, simbolismos, frases incompletas o referencias que sólo ella entiende, también le sirve para disfrazar la verdad.