Uno. Sabe que la decepción puede venir de
muchas formas. Un dedo que aterriza un solo centímetro más a la derecha de lo
que debería, rompiendo la armonía entre piano y voz. Un comentario hecho sin
pensar, un tono más estridente de lo que se querría que cambia la forma que otro
tiene de verla. Un texto escrito de forma demasiado esquemática, o un tiempo
precioso perdido en reflexionar. Una sola palabra fuera de lugar que
desencadena el torrente de ira destinada a otra persona. La mayoría de las
veces ni siquiera dura más de unos segundos. El público se queda en silencio
brevemente, pero el pianista sonríe y rectifica, y todo queda olvidado. Menos para
ella. Conoce perfectamente el daño de cada diminuta espina de culpa clavada en
su mente. Culpa de no haber estado a la altura de las expectativas. Culpa de
defraudar a alguien. Culpa de engañarse a sí misma. Por los detalles a los que
da demasiada importancia. Por unas fechas demasiado separadas en una lista. Por
el maldito plural de cortesía, que, después de tantos años, le hace automatizar
y asimilar una culpa que ni siquiera es suya. Por una colleja sin mala
intención. Por ser tan ridículamente sensible ante el dolor que sólo ese gesto
puede producirle. Por el dolor de estómago. Por tener tan poca voluntad ante
eso. Por una vacilación de la mano, cosa de una semicorchea, que posiblemente
nadie note. Pero ¿y si lo notan? Con que una sola persona se dé cuenta, será
suficiente. No aguanta las miradas recriminatorias, o de lástima, o esas pensativas,
que duran una fracción de segundo pero dejan traslucir mucho más, es curioso, no
me esperaba tan poco de ti. Incluso se siente culpable por disfrutar tanto de
un libro que eligió hace ya tanto tiempo, sólo por su título. No hay ningún
motivo, está en su derecho. Al fin y al cabo, en cierta forma ese también es su
color, ¿no? Y es el color que inunda toda la historia, y con eso casi consigue
olvidarlo. Pero entonces, una frase, una única aclaración entre comas, le hace
recordar todo. Y el sentimiento vuelve.
Dos. Está entrenada en reconocer los signos de
tensión -los pequeños gestos que delatan enfado, mover objetos con demasiada
fuerza, expresiones del rostro, tonos de voz- y en aislarse en cuanto éstos
llegan. Escapar a otro mundo en el que las cosas son mejores. O no. La idea es
huir del conflicto presente. Está tan acostumbrada a este ritual que ya es algo
automático. Cualquier cosa sirve para distraerse –el reflejo del sol en una
ventana, el sonido de la lluvia, una textura a la que antes no se prestaba
atención. Como dice Freddie
Mercury, I’m the great pretender, adrift
in a world of my own. Un mundo que suele ser en blanco y negro, como las películas
antiguas, con la voz de uno de esos cantantes de los de antes, Sinatra o
Martin.
Y así se separa de los pequeños dramas cotidianos que realmente no le interesan, pasa conversaciones enteras sin escuchar más que un par de frases, días actuando por reflejo sin prestar atención más que a algunos detalles. Pero son precisamente esos detalles los que determinan sus días. Una sonrisa, una mirada, un momento de cercanía, un final alternativo para una canción. O una respuesta más breve y seca de lo que se esperaba. O nada en absoluto.
Y así se separa de los pequeños dramas cotidianos que realmente no le interesan, pasa conversaciones enteras sin escuchar más que un par de frases, días actuando por reflejo sin prestar atención más que a algunos detalles. Pero son precisamente esos detalles los que determinan sus días. Una sonrisa, una mirada, un momento de cercanía, un final alternativo para una canción. O una respuesta más breve y seca de lo que se esperaba. O nada en absoluto.
Tres. Dicen que la tercera persona es un signo
de engaño. Cuando alguien miente, la utiliza para desligarse del sujeto. No
siento nada por ese chico. Uno no hace esas cosas. Al escribir, como bien dice ese libro
-que está llegando a lugares de su mente a la que le preocupa que una autora
desconocida pueda acceder-, aporta una perspectiva externa, es una licencia
poética que le añade el ingrediente de fantasía. Escribiendo en tercera
persona, puedes convertirte en alguien completamente diferente sólo
describiendo tus propios pensamientos o vivencias. Por supuesto, con la ayuda
de todas estas metáforas, simbolismos, frases incompletas o referencias que
sólo ella entiende, también le sirve para disfrazar la verdad.
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