jueves, agosto 16

[...] Antes no lo sabía, pero ahora sí y ustedes también: la risa tiene distintos tonos. Puede ser el lejano eco de una explosión interior producida por el estallido de cohetes rojos, azules y dorados, o por los jirones de un cuerpo humano lanzados al aire.

"Nosotros". 

sábado, julio 7

y gritas y es silencio

Diminutos como granos de arena; los granos de arena se juntan y pueden dar una perla. O simplemente ser más y más y seguir creciendo, montaña, crece, crece, crece. No se derrumba: implosiona. Se hunde en sí misma. Se hunde, se hunde, desagüe sin fin, agujero negro, oscuridad. Y tú que vives dentro, ¿vives? Respiras. Respira, hondo, sólo es un mal momento. Momento... ¿Aún más hondo? Tiemblas. ¿Por qué tiemblas tanto? ¿Seguro que me oyes? Pero lo oyes todo, más de lo que quieres, ¿no te gustaría dejar de oír? No llores. Demasiado, por nada, pero es por todo. Duele, ¿verdad?, duele, duele, resiste, duele, lucha, cerebro sobre corazón, siempre cerebro... demasiado cerebro; piensas, das vueltas, el vórtice, pero no razonas, te consume, y lo asimilas y te asimila. ¿Y en el corazón? Anhelo, deseo, siempre, pasado, presente, costumbre y sigue doliendo, duele, de lejos, a un mundo, un paso es un mundo, es tu mundo, de reojo, el mundo de sus ojos, ¿qué escondes tras tus ojos?, ciérralos, escondida, acurrucada, no solloces, duerme, sueña... ¿sueño?, no, pesadilla, grita. No gritas. Nunca gritas. Orgullo, dolor, miedo, impotencia, odio; vete, vuela, ¿con qué alas?, las has cortado. Esconderse, sólo es eso, curarse, ¿y con qué? Demasiado llena y por eso vacía. Ayuda, pero callas, callas, ¿por qué ellos no callan?, callas, y grano, y grano, y crece, y crece, y se hunde, y se hunde, y te hundes.

sábado, marzo 3

cicatrices

A lo largo de nuestra vida nos hacemos muchos tipos de heridas. Hay heridas que son simples rasguños, que segundos más tarde ya han sido olvidadas. Hay heridas profundas, que llegan casi al hueso, que se llevan una parte de nosotros. Normalmente esas dejan cicatriz, que exhibimos con orgullo u ocultamos, que nos endurece o nos hace más frágiles, que puede desfigurar un rostro o ser prácticamente inapreciable, pero, aunque muchos no lo sepan, estar ahí. Por qué no decirlo: hay algunas que nos hacemos conscientemente, porque un dolor distrae de otro, porque verlas nos ayuda a recordar por qué merece o no la pena sufrir.
Pero hay otro tipo de heridas que constituyen una lección importante. Son las que siguen abiertas sólo porque no somos capaces de dejarlas tranquilas, porque levantamos la postilla una y otra vez. Hasta que nos cansamos.
Y entonces dejamos que se curen por sí solas, que se tomen el tiempo que les haga falta, despacio pero bien. Y una vez aprendida la lección, la postilla se seca y desaparece sin dejar rastro.
Y un día nos levantamos y nos damos cuenta de que hace tiempo que no nos duele.

domingo, enero 29

Morfeo

A veces, cuando es tarde por la noche y estoy a punto de quedarme dormida, me permito el lujo de pensar un poco en ti.  Ya has quedado encerrado en el fondo de mi cerebro, pero cuando tengo sueño y todo se emborrona, me gusta imaginarte. Pienso en ti y no me siento demasiado culpable, aunque tal vez debería. Veo películas e intercambio papeles contigo, escucho canciones y se convierten en una banda sonora. Escribo y siempre quieres aparecer, asomándote por las esquinas del papel. La mayoría de las veces, mi imaginación te continúa en mis sueños. Si me preguntasen quién eres, no sabría muy bien qué responder. Parece que ahora adoptas múltiples formas, desde un agarre que no deja respirar hasta un comentario de medio lado en medio de una muchedumbre. Una presencia invisible, en segundo plano -miro de reojo, finjo no ver- pero siempre ahí.  (Ahora mismo, tengo sueño.)

jueves, enero 5

enrriba tres camellos y fartucos de ñeve...

Es la víspera de Reyes y tiene dos años. Apenas ha aprendido a caminar y aún le tiene miedo a la arena de la playa, pero cuando sus padres la llevan a la cabalgata y la cogen en brazos, aunque no entienda qué está pasando, queda hipnotizada por las carrozas que pasan en frente suyo, por la explosión de colores y de música y de niños con caras felices. Años más tarde reirá, gritará un poquito y acosará a su padre a preguntas, "¿ese de ahí es mi regalo?", "¿mi carta está ahí dentro?", "¿con esa escalera van a subir a casa?", "¿por qué nunca me lanzan a mí los caramelos?".
Tiene cinco años, son las once de la mañana y, a pesar del frío y de que está empezando a llover, está en el puerto mientras tres hombres con barba desembarcan. Le encantaría que Baltasar mirase en su dirección, pero es demasiado tímida como para gritar o hacerse notar, así que sólo le sonríe sentada sobre los hombros de su padre.
Tiene siete años y es de noche, y tiene que ir al baño pero no se atreve porque teme encontrarse en el pasillo a los Reyes Magos y que ellos se enfaden porque no está en la cama. Cuando finalmente se atreve, el perchero del pasillo le da uno de los mayores sustos de su vida. Pero sobre la mesa del salón sólo quedan tazas vacías y la media galleta que Baltasar -ella sabe que es él- siempre se deja. Y bajo el árbol... paquetes brillantes. Se tumba en el suelo del pasillo y se dedica a mirarlos, contando cuántos hay, viendo la forma, el envoltorio, intentando imaginarse qué pueden tener dentro, hasta que está tan cansada que casi se queda dormida allí mismo.
Tiene ocho años y está en casa de sus abuelos. Abre sus regalos allí, y son pocos, pero aunque aún no sepa que es porque no pueden permitírselo, hay algo en su abuela, y en el paquete de huevos kinder, que hace que no le importe. Su madre se queja porque siempre comen cocido, su padre le responde que con su familia siempre comen cordero, y mientras tanto ella pide un segundo plato de sopa.
Tiene nueve años y ya es demasiado mayor para ver la cabalgata, así que su padre y ella están en el cine y tienen toda la sala para ellos solos, y no se siente como una traidora a Sus Majestades porque precisamente la película que están viendo trata sobre ellos.
Tiene once años. En el pasillo hay gritos, un portazo, y ella llora sobre el plato de espaguetis semicongelados.
Tiene quince años. Está cubierta de espuma y confeti, pero no le importa porque por primera vez ha visto la cabalgata con sus amigos, y ha sentido toda la magia volver.
Tiene dieciséis años, y daría lo que fuera por regresar a cualquiera de esos años.

domingo, enero 1





Año nuevo, vida vieja.

Siempre empiezo el año con cierto aire de optimismo, me prometo que todo va a cambiar a mejor, que voy a cumplir lo que me propongo y que la vida ¡por fin! me va a sorprender con cosas buenas. Y repito tanto el mismo lema, voy a dejarme llevar, que he acabado harta de él.
Es cierto, este año 2011 no fue precisamente uno de los mejores. La familia volvió a aumentar pero a cambio de casi llevarse a otra persona, más de una vez. En cierta forma sí que se la llevó. Estar en casa se hizo imposible, pero salir también. Me pasé los tres primeros meses del año dentro de una nube de tormenta, borrando la sonrisa en cuanto me quedaba a solas y echándome a llorar en mitad de Alimerkas o autobuses. Mis intentos de reconciliación fueron ignorados o rechazados. Tuve que hacer malabares para mantener unida a gente que si se separaba, se separaba de mí también. Varias personas me hicieron mucho, mucho daño. Y además, fui lo suficientemente hábil como para conseguir romperme un dedo contra un sofá.
Pero aunque en conjunto no tuvo muy buen aspecto, paradójicamente también fue uno de los que más momentos buenos me dieron. Como un montón de puntitos de colores llenando una mancha gris. Algunos más grandes, otros más sencillos y casi desapercibidos, pero ahí. Celebrar el feliz 1999 con lacasitos y un chat indecente, inundarse de espuma esperando a los Reyes Magos, descubrir que el cielo y el mar a veces no necesitan filtros, encontrarle el elemento absurdo hasta a los hongos y helechos aunque a veces fuese jugando a las películas, matar a zombies mientras se hace una tarta, disfrazarse de lo que realmente se es, excursiones nocturnas a un cementerio, estar despiertos hasta las seis escuchando a un plasta hacer preguntas guarras en asturiano, descubrir la vida ideal pero en un idioma incomprensible y que los Starbucks son para echar la siesta o jugar a las cartas, reflexionar sobre cómo fluye la vida por el agujero, puestas de sol y noches en la playa del Mar Menor, caerse por las escaleras del piso doce o avanzar a tientas por el pasillo del hotel a las cinco de la mañana sin lentillas, una fiesta sorpresa, ponerse vestido y bailar aunque no hubiese música, estar durante unos segundos a punto de conseguirlo, bailar otra vez, bailar aunque no se pueda considerar eso, haciendo el ridículo delante de cien personas pero concentrándose en lo que se tenía a quince centímetros, un (y después cuatro) monólogo, un concierto vergonzoso pero lleno de sonrisas, otro tan increíble que parece un sueño, reencontrarse con una niña alemana muy tonta, bañarse en el mar justo en el momento en que el sol lo vuelve todo dorado, ver el final de tu infancia en pantalla grande con la persona que lo compartió todo contigo, casarse en pleno puerto con velo de novia y todo, cenar en mitad de un parque, adaptar la receta de un brownie y dibujar en fruta, saber quién está ahí cuando hace falta, aunque sea para preparar arroz blanco, perseguir a un perro al son de Sinatra, otras dos noches de insomnio en compañía, batallas de globos de agua y dibujos a tiza, fotos en una carretera y cinco cambios de ropa, escuchar conversaciones que parecen imposibles y comentarios no destinados a ser oídos, preparar sándwiches de queso para diez y ver Águila Roja hasta las cuatro de la mañana con el cielo literalmente en la punta de los dedos, perder media Asia, cuatro chicas gritando a la vez al salir Mark Darcy en pantalla, gorros de Navidad e historias de fantasmas. Por citar unos pocos. Porque fueron  innumerables tardes de películas amontonados en dos sofás, debates en clase, paseos, risas, cafeterías, cartas, fotos, bailes, chistes.  Seis. Cuatro. Trece. Nueva gente, nuevas experiencias y oportunidades, y nuevos deseos, ya fuesen buenos o malos, cumplidos o no cumplidos, aprovechados o no aprovechados. Y sobre todo, nuevas enseñanzas. La mayoría de esos momentos me enseñaron quién merece la pena y quién no, aunque realmente no haga mucho caso a esas enseñanzas... También me he llegado a conocer a mí misma mucho mejor, he aprendido a estar sola y a ser feliz así, a desarrollar mis propios gustos e inventar un mundo paralelo en el que refugiarme. Así que este nuevo año, que ha empezado como cualquier otro día demostrándome que nada parece ir a cambiar... mis objetivos están enfocados en esa dirección: yo. Escribir, leer, pintar o dibujar, tocar, viajar, aprender. Y hacer un hueco para compartir.








Feliz año 2012.