A lo largo de nuestra vida nos hacemos muchos tipos de heridas. Hay heridas que son simples rasguños, que segundos más tarde ya han sido olvidadas. Hay heridas profundas, que llegan casi al hueso, que se llevan una parte de nosotros. Normalmente esas dejan cicatriz, que exhibimos con orgullo u ocultamos, que nos endurece o nos hace más frágiles, que puede desfigurar un rostro o ser prácticamente inapreciable, pero, aunque muchos no lo sepan, estar ahí. Por qué no decirlo: hay algunas que nos hacemos conscientemente, porque un dolor distrae de otro, porque verlas nos ayuda a recordar por qué merece o no la pena sufrir.
Pero hay otro tipo de heridas que constituyen una lección importante. Son las que siguen abiertas sólo porque no somos capaces de dejarlas tranquilas, porque levantamos la postilla una y otra vez. Hasta que nos cansamos.
Y entonces dejamos que se curen por sí solas, que se tomen el tiempo que les haga falta, despacio pero bien. Y una vez aprendida la lección, la postilla se seca y desaparece sin dejar rastro.
Y un día nos levantamos y nos damos cuenta de que hace tiempo que no nos duele.
Ooh me encanta!
ResponderEliminar