- ¿No estará herido, Watson? ¡Por el amor de Dios, dígame que no está herido!
Merecía la pena una herida, hubiera merecido la pena recibir varias heridas, el poder conocer la profundidad de la lealtad y el afecto que se ocultaban detrás de aquella fría máscara. Aquellos ojos claros y duros se nublaron por un momento, y aquellos labios firmes temblaron. Por primera y última vez pude entrever un gran corazón junto al gran cerebro. Todos mis años de humilde, pero leal servicio, culminaban en aquel momento de revelación.
- No es nada, Holmes. Un simple rasguño.
Holmes había cortado la tela alrededor de la herida con su navaja de bolsillo.
- Tiene razón - exclamó, con un inmenso suspiro de alivio -. Es muy superficial - su rostro adquirió una dureza pétrea al mirar a nuestro prisionero, que se estaba incorporando con una expresión de asombro en el rostro -. Por Dios le digo que ha tenido suerte. Si hubiera matado a Watson, no hubiera salido con vida de esta habitación.
- El archivo de Sherlock Holmes, pág. 111-112.
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