sábado, diciembre 17

me perdí en un cruce de palabras


Uno. Sabe que la decepción puede venir de muchas formas. Un dedo que aterriza un solo centímetro más a la derecha de lo que debería, rompiendo la armonía entre piano y voz. Un comentario hecho sin pensar, un tono más estridente de lo que se querría que cambia la forma que otro tiene de verla. Un texto escrito de forma demasiado esquemática, o un tiempo precioso perdido en reflexionar. Una sola palabra fuera de lugar que desencadena el torrente de ira destinada a otra persona. La mayoría de las veces ni siquiera dura más de unos segundos. El público se queda en silencio brevemente, pero el pianista sonríe y rectifica, y todo queda olvidado. Menos para ella. Conoce perfectamente el daño de cada diminuta espina de culpa clavada en su mente. Culpa de no haber estado a la altura de las expectativas. Culpa de defraudar a alguien. Culpa de engañarse a sí misma. Por los detalles a los que da demasiada importancia. Por unas fechas demasiado separadas en una lista. Por el maldito plural de cortesía, que, después de tantos años, le hace automatizar y asimilar una culpa que ni siquiera es suya. Por una colleja sin mala intención. Por ser tan ridículamente sensible ante el dolor que sólo ese gesto puede producirle. Por el dolor de estómago. Por tener tan poca voluntad ante eso. Por una vacilación de la mano, cosa de una semicorchea, que posiblemente nadie note. Pero ¿y si lo notan? Con que una sola persona se dé cuenta, será suficiente. No aguanta las miradas recriminatorias, o de lástima, o esas pensativas, que duran una fracción de segundo pero dejan traslucir mucho más, es curioso, no me esperaba tan poco de ti. Incluso se siente culpable por disfrutar tanto de un libro que eligió hace ya tanto tiempo, sólo por su título. No hay ningún motivo, está en su derecho. Al fin y al cabo, en cierta forma ese también es su color, ¿no? Y es el color que inunda toda la historia, y con eso casi consigue olvidarlo. Pero entonces, una frase, una única aclaración entre comas, le hace recordar todo. Y el sentimiento vuelve.

Dos. Está entrenada en reconocer los signos de tensión -los pequeños gestos que delatan enfado, mover objetos con demasiada fuerza, expresiones del rostro, tonos de voz- y en aislarse en cuanto éstos llegan. Escapar a otro mundo en el que las cosas son mejores. O no. La idea es huir del conflicto presente. Está tan acostumbrada a este ritual que ya es algo automático. Cualquier cosa sirve para distraerse –el reflejo del sol en una ventana, el sonido de la lluvia, una textura a la que antes no se prestaba atención. Como dice Freddie Mercury, I’m the great pretender, adrift in a world of my own.  Un mundo que suele ser en blanco y negro, como las películas antiguas, con la voz de uno de esos cantantes de los de antes, Sinatra o Martin.
 Y así se separa de los pequeños dramas cotidianos que realmente no le interesan, pasa conversaciones enteras sin escuchar más que un par de frases, días actuando por reflejo sin prestar atención más que a algunos detalles. Pero son precisamente esos detalles los que determinan sus días. Una sonrisa, una mirada, un momento de cercanía, un final alternativo para una canción. O una respuesta más breve y seca de lo que se esperaba. O nada en absoluto.
 
Tres. Dicen que la tercera persona es un signo de engaño. Cuando alguien miente, la utiliza para desligarse del sujeto. No siento nada por ese chico. Uno no hace esas cosas. Al escribir, como bien dice ese libro -que está llegando a lugares de su mente a la que le preocupa que una autora desconocida pueda acceder-, aporta una perspectiva externa, es una licencia poética que le añade el ingrediente de fantasía. Escribiendo en tercera persona, puedes convertirte en alguien completamente diferente sólo describiendo tus propios pensamientos o vivencias. Por supuesto, con la ayuda de todas estas metáforas, simbolismos, frases incompletas o referencias que sólo ella entiende, también le sirve para disfrazar la verdad.

sábado, octubre 8

sábados en solitario

¿Alguna vez habéis paseado solos de noche por la playa, cuando está prácticamente vacía y parece eterna y sólo se oye el ruido de las olas con alguna voz lejana de tarde en tarde, cuando las luces de la ciudad se extienden como un collar de perlas pero lo suficientemente lejos como para estar en penumbra, y todo lo que se ve es el mar negro a un lado y el cielo negro arriba y la espuma de las olas, nubes, estrellas y sus reflejos en blanco? ¿Habéis estado en completo silencio, porque por una vez no hacía falta música, ni pensar en voz alta, ni realmente pensar? ¿Habéis llegado a casa con los calcetines mojados por haber atravesado todos los charcos que se forman cerca de la orilla? ¿Habéis jugado a huir del agua, a seguir rastros de pisadas con una cucharilla en los labios a modo de pipa de detective? ¿Tenéis un jersey con las mangas demasiado largas, de las que sólo os asoman las yemas de los dedos y podéis envolveros en ellas? ¿Habéis grabado el sonido del mar porque es el más relajante que conocéis? ¿Conocéis la sensación de tener un poco de frío pero una taza caliente en la mano? ¿Habéis tenido un encuentro inesperado de los que provocan mariposas en el estómago? ¿Os habéis sentido solos en el mundo y felices, y sonreído como idiotas sin ningún motivo? ¿Y sabéis lo que cuesta volver al mundo real después de todo eso? (Yo sí.)
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domingo, septiembre 25

siguiendo con la lista

58- Empecé a tocar el piano casi exclusivamente para aprender a tocar “Clocks” y “Para Elisa”. Aún no sé.
59- Soy perfeccionista.
60- Todo parece más bonito si se fotografía en blanco y negro.
61- Sigo comprando libros aunque tenga veinte sin leer en la estantería.
62- Siempre tengo el libro de poemas de Neruda en la mesita de noche, al igual que mi “cuaderno de sueños”.
63- Soy neutra en la mayoría de las votaciones.
64- Tengo una mente más bien científica. Apenas intervengo en las conversaciones filosóficas si no es para aportar datos concretos.
65- No entiendo a la gente que ve una película o una serie y no sabe el nombre de los personajes.
66- Me gusta investigar.
67- He llorado con más muertes de personajes ficticios que reales.
68- Tener prendas de ropa u objetos relacionados con personajes de historias que me gustan me reconforta extrañamente.
69- Nunca tomo café, pero siempre que como fuera de casa pido una manzanilla. Sí, "como las viejinas".
70- Quiero adquirir la costumbre de tomar té en invierno y batidos de fruta en verano.
71- Mis vicios son el zumo de naranja y los caramelos de café.
72- Posiblemente el libro que más veces he releído sea Una serie de catastróficas desdichas.
73- En la mayoría de historias que leo, o películas o series que veo, tengo bastante claro quién es mi personaje favorito. La mayoría de las veces, suele ser el incomprendido, morir, o, si es mi amor platónico y “de la vida real”, ser gay.
74- Me llaman los chicos con ojos claros.
75- Los acentos argentino y británico me pueden. Mucho.
76- Relacionado con puntos anteriores: creo que si sigo tantas series, leo tanto y me adentro de esa forma en cada historia es porque trato de desconectar del mundo real, ya que una buena parte de él no me interesa y otra equivalente me resulta demasiado dura.
77- Por favor, no me interrumpáis mientras leo o escribo o a mitad de una frase. En serio.
78- Mis números favoritos son 7, 4, 11, 13 y 42.
79- Me paso el día haciendo referencias constantes a películas. Me gustaría que alguien las pillase.
80- Sí, tengo secretos que no le he contado a absolutamente nadie. No, no sirve de nada preguntarme ahora por ellos porque pretendo que siga siendo así.

martes, septiembre 13

tardes perfectas


Llueve. Esa clase de lluvia, ligera pero insistente, que a mucha gente no le gusta pero a mí me encanta. El paraguas colgado de la mano, sin abrir, aunque las oleadas de agua me vayan empapando poco a poco. Es una tarde gris ya de otoño, así que el jersey también gris y los zapatos parecen apropiados. Pero el pantalón de Obélix dice adiós a ese verano que pasó lento aunque demasiado rápido. Pasear sola por el centro, observando las fachadas de los edificios antiguos (porque, como me enseñó Tom Hansen, si miras hacia arriba verás la belleza que le falta a la calle). Acercarse a ver el mar y casi salir volando en el intento. En la librería suena Frank Sinatra, y sigue suplicando fly me to the moon durante todo el camino, una y otra vez, let me play among the stars, La Voz arropándome como una bufanda que de otra manera sería excesiva. El olor de los libros nuevos en su bolsa, y una agenda melliza de mi cuaderno de sueños. Y caramelos de bombón, de esos de los de antes, que se pegan al paladar y tardan horas en derretirse por completo. Diez personas apretujadas en torno a una mesa diminuta, una taza de té peleándose con una de chocolate. Planes de futuro, futura nostalgia por el presente. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna discusión. Conversaciones en las escaleras de un portal en penumbra. En resumen, una tarde perfecta.

sábado, septiembre 10

sal con una chica que lea

Sal con una chica que lea. Sal con una chica que gaste su dinero en libros en lugar de en ropa. Tiene problemas con el espacio de su armario porque tiene demasiados libros. Sal con una chica que tenga una lista de libros que quiere leer, que haya tenido carnet de biblioteca desde los doce años.

Encuentra a una chica que lea. Sabrás que lo hace porque siempre tendrá un libro sin leer en el bolso. Es la que mira con cariño las estanterías en la librería, la que grita silenciosamente cuando encuentra el libro que quiere. ¿Ves a la tía rara olisqueando las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Esa es la lectora. Nunca pueden resistirse a oler las páginas, especialmente cuando son amarillas.

Es la chica leyendo mientra espera en esa cafetería al final de la calle. Si echas un vistazo a su taza, la crema está flotando en la superficie porque ya está absorta. Perdida en un mundo de la creación del autor. Siéntate. Puede que te eche una mirada, ya que a la mayoría de las chicas que leen no les gusta ser interrumpidas. Pregúntale si le gusta el libro.

Pídele otra taza de café.

Hazle saber lo que realmente piensas de Murakami. Mira si consiguió pasar del primer capítulo de "Fellowship". Entiende que si dice que entendió "El Ulises" de James Joyce sólo lo dice para sonar inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si le gustaría ser Alicia.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros por su cumpleaños, por Navidad y por aniversarios. Dale el regalo de las palabras, en poesía, en canción. Dale a Neruda, Pound, Sexton, Cummings. Hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Entiende que conoce la diferencia entre los libros y la realidad pero por dios, está intentando hacer que su vida sea un poco como su libro favorito. Nunca será culpa tuya si lo consigue.

Tiene que intentarlo de alguna forma.

Miéntele. Si entiende sintaxis, entenderá tu necesidad de mentir. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valores, matices, diálogo. No será el fin del mundo.

Fállale. Porque una chica que lee sabe que los fallos siempre conducen al clímax. Porque las chicas que leen entienden que todas las cosas terminarán. Que siempre puedes escribir una secuela. Que puedes empezar una y otra vez y seguir siendo el héroe. Que la vida está destinada a tener un villano o dos.

¿Por qué tener miedo de todo lo que no eres? Las chicas que leen entienden que la gente, como los personajes, evolucionan. Excepto en los libros de "Crepúsculo".

Si encuentras a una chica que lee, manténla cerca. Cuando la encuentres despierta a las dos de la mañana, apretando un libro contra su pecho y llorando, hazle una taza de té y abrázala. Podrás perderla durante un par de horas pero siempre volverá a ti. Hablará como si los personajes del libro fuesen reales, porque durante un rato, siempre lo son.

Le pedirás matrimonio en un globo aerostático. O durante un concierto de rock. O muy casualmente la próxima vez que esté enferma. Por Skype.

Sonreirás tanto que te preguntarás por qué tu corazón no ha explotado y sangrado sobre tu pecho todavía. Escribiréis la historia de vuestras vidas, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más extraños. Ella les presentará al Gato del sombrero y a Aslan, a lo mejor en el mismo día. Pasearéis por los inviernos de vuestra edad anciana juntos y ella recitará a Keats en voz baja mientras tu sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lea porque te lo mereces. Te mereces a una chica que te pueda dar la vida más colorida imaginable. Si sólo puedes darle monotonía, y horas viciadas y propuestas de matrimonio a medio cocer, entonces estarás mejor solo. Si quieres el mundo y los mundos más allá, sal con una chica que lea.

O mejor todavía, sal con una chica que escriba.


domingo, agosto 7

This ain't a love song, this is goodbye.

Esto es una carta de despedida, y te la escribo con letra muy clara, con mi mejor letra en realidad, para que luego no te quejes de que no la entiendes y digas como todo el mundo dice que mis aes son muy raras y parecen de todo menos aes. Te la escribiría con recortes de periódico si hiciese falta, o en cartulinas de colores con letras de dos metros de alto, para asegurarme de que el mensaje estuviese más claro que el agua. Y el mensaje es el siguiente: me he cansado. De esperar para nada. Estoy segura de que dos años de espera son más que suficientes. No somos como esos personajes de los libros o las películas que, tras siete años compartiendo aventuras, reconocen que están perdidamente enamorados el uno del otro y pasan el resto de sus vidas juntos para siempre jamás. Sé que eso no va a pasar. Me he hecho bastante a la idea, sabes. Y tampoco está tan mal. Me da igual el ¡sois tal para cual!, ya lo descarto con algo parecido al desprecio, me centro en el es que no lo reconocéis, y eso también lo hago una bolita y lo tiro a la basura. Porque desde ahora, no hay nada que reconocer. Desde ahora, no vas a arruinarme un día entero con una única palabra o gesto –porque eso se te da muy bien, incluso cuando no estoy hablando contigo pero sueltas algún ruido de impaciencia al otro lado del teléfono como has hecho hoy-, de esas que se quedan revoloteando en mi mente, picoteándome, hasta que no puedo seguir fingiendo indiferencia y me pongo a pensar en ella y en el pinchazo de dolor que supuso. Desde ahora, no dependo de si me sonríes o cómo me tratas para considerar si un día es bueno o no. Desde ahora, si me miras así es porque tengo monos en la cara o porque te apetece y punto, y no hay nada más detrás. Desde ahora, delante de los demás no me voy a confesar ni a decir ni una palabra de toda esta maraña de sentimientos. Es más, voy a deshacerme de esos sentimientos. Voy a ofrecerles amablemente que vuelvan al lugar del que vienen, y si no quieren por las buenas, les empujaré por la ventana si hace falta. Y tapiaré todas las puertas para que no vuelvan a colarse con facilidad en cuanto decidas cambiar de humor y preocuparte por mí. Y este año, ya que tengo la oportunidad, ya que por fin vas a desaparecer en buen grado de mi vida, vas a dejarme empezar de cero, vas a dejarme aprovechar las oportunidades que tenga y no desperdiciarlas otra vez, o aunque no las haya, vas a dejarme ser feliz de todas formas, vas a dejarme vivir mi maldita vida tranquila.

Lee bien esta carta y presta atención a lo que dice, porque será lo último que te escriba.