Tenía cada movimiento cuidadosamente planeado.
Entró en el aula con tres zancadas precisamente calculadas, pisando fuerte con sus nuevos playeros de marca. Los pitillos parecían marcar cada compresión y distensión de sus músculos; la sudadera había costado su paga de un par de meses, pero sabía que merecería la pena. Sólo el que la siguiesen con la mirada al pasar compensaba las semanas de preparativos, mascarillas, pedicuras, limpieza exhaustiva de armario y desvalijo de las tiendas más caras de la ciudad.
Su larga melena oscura se ondulaba tras ella como una sedosa cortina mientras se dirigía a su pupitre. Dejó la mochila sobre la mesa. El exclusivo abrigo valía más que todos aquellos libros de texto juntos.
Una mirada de reojo disimulada tras una sutil caída de pestañas le permitió localizar a su objetivo. Dos pasos laterales, uno al frente, levantar la cabeza y… ahí le tenía, a treinta centímetros escasos. Distancia más que suficiente para que él pudiese llenarse los pulmones con su nuevo perfume.
Le sonrió con la proporción exacta de dulzura y complicidad, le miró directamente a los ojos y por fin pronunció una palabra, la palabra que podría cambiarlo todo:
- Hola.
Su reacción le preocupó. Para ser sinceros, esperaba… bueno, que se la comiese con los ojos; pero en cambio… ¿se apartó de ella? Parecía… asustado. ¿Se le había ido la mano con la raya? No; se había mirado en todos los espejos de la casa hasta considerarse perfecta. ¿Entonces…?
Él abrió mucho los ojos y, ahora sí, la miró de arriba a abajo.
- ¿Noelia?
Había pasado mucho tiempo imaginando cómo sonaría su nombre en sus labios en aquél momento, su momento, pero esto estaba… mal. No había admiración, no había un principio de adoración, no había nada que dejase traslucir que para él, el cambio había sido a mejor.
Sólo había sorpresa.
Y rechazo.
Los otros alumnos empezaban a rodearles. Esto la incomodó. Pero al fin y al cabo, ¿no era eso lo que quería? ¿No pretendía que todos la observasen, no era eso lo que había estado buscando?
Pero no de esa forma.
De todas formas, no se acercaban a ella. Se encaminaban hacia sus respectivos sitios, pues al fin y al cabo, estaban en el instituto y en algún momento debían empezar las clases. Y para las clases hay que sentarse.
Sentarse. Hizo lo que pudo para flexionar las piernas dentro de aquellas estrechas mortajas. Segunda piel; já.
Sentía que su rubor habitual volvía a teñirle la piel bajo la capa de maquillaje. No funcionaba. Tanto esfuerzo para nada. No funcionaba, no funcionaba…
No te martirices; dale… tiempo para asimilarlo.
La miraba de reojo, podía sentirlo. Pero no era una mirada como las de antes. Antes sentía como si sólo existiesen ellos dos, como si al encontrarse sus ojos se trasladasen a otra dimensión o, simple y llanamente, a un lugar privado.
Ahora la contemplaba como a una extraña.
¿Tal vez había sido un cambio… demasiado drástico?
Venadas de Elena a las 11 de la noche de un viernes.
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