
Llueve. Esa clase de lluvia, ligera pero insistente, que a mucha gente no le gusta pero a mí me encanta. El paraguas colgado de la mano, sin abrir, aunque las oleadas de agua me vayan empapando poco a poco. Es una tarde gris ya de otoño, así que el jersey también gris y los zapatos parecen apropiados. Pero el pantalón de Obélix dice adiós a ese verano que pasó lento aunque demasiado rápido. Pasear sola por el centro, observando las fachadas de los edificios antiguos (porque, como me enseñó Tom Hansen, si miras hacia arriba verás la belleza que le falta a la calle). Acercarse a ver el mar y casi salir volando en el intento. En la librería suena Frank Sinatra, y sigue suplicando fly me to the moon durante todo el camino, una y otra vez, let me play among the stars, La Voz arropándome como una bufanda que de otra manera sería excesiva. El olor de los libros nuevos en su bolsa, y una agenda melliza de mi cuaderno de sueños. Y caramelos de bombón, de esos de los de antes, que se pegan al paladar y tardan horas en derretirse por completo. Diez personas apretujadas en torno a una mesa diminuta, una taza de té peleándose con una de chocolate. Planes de futuro, futura nostalgia por el presente. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguna discusión. Conversaciones en las escaleras de un portal en penumbra. En resumen, una tarde perfecta.
Conversaciones en las escaleras de un portal en penumbra.(LLLLL)!
ResponderEliminarsabes por qué no discutimos, no? :D
Jo, me enseñas a escribir? Tenemos que hacer tú y yo tardes de esas más a menudo ;)(L)
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