Le gusta acercarse sigilosamente por la espalda, pero suele haber algún pequeño detalle que lo delata. Como su olor, que siempre le precede. Es una mezcla de mar y de la canela que añade a casi todas sus comidas. Come como un cerdo, todo hay que decirlo. Tiene la risa contagiosa y muchas sonrisas diferentes, pícaras, serenas, tristes. La auténtica es la enorme que le cambia la cara. Nada como un pececillo y nada le gusta más que sorprenderme emergiendo de golpe, a centímetros de mí, con las gotas de agua salpicando su nariz y en sus pestañas. Si me asusto, se ríe de mí pero luego viene a abrazarme, y de alguna forma ambos acabamos cayendo enredados. Con él no tengo que contener un sólo abrazo.
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