viernes, febrero 4

"Desde entonces me baña el poema del mar".

Durante cinco minutos, ajena a las explicaciones del profesor, no logro apartar la mirada de la fotografía. No es que el retratado sea de una belleza especial; es que hay algo en su edad indefinida entre los diez y los veinte que le da un aire casi atemporal. Es su pelo revuelto, su extraño nudo de la corbata y que sus ojos parezcan azules a pesar de que la fotografía sea en blanco y negro. Pero sobre todo, que tiene los labios apretados casi con pena, que no se atreve a mirar directamente a la cámara. Es el espíritu de poeta que refleja su rostro, que hace que me descubra deseando haber conocido lo que se esconde detrás de esa mirada melancólica.



(...) Algo tiñe la azul inmensidad y delira
en ritmos lentos, bajo el diurno resplandor.
Más fuerte que el alcohol, más vasta que una lira
fermenta la amargura de las pecas de amor.

He visto las resacas, la tormenta sonora,
las corrientes, las mangas -y de todo sé el nombre-;
cual vuelo de palomas a la exaltada aurora,
y alguna vez he visto lo que cree ver el hombre.

Yo he visto al sol manchado de místicos horrores,
alumbrando cuajados violáceos sedimentos.
Cual en dramas remotos los reflujos actores
lanzaban en un vuelo sus estremecimientos.

Soñé en la noche verde de espuma y nieve ahita
-en los ojos del mar, lentos besos de amor-
y en la circulación de la savia inaudita
que arrastra áureo y azul, al fósforo cantor (...)


- Arthur Rimbaud.

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